lunes, 2 de diciembre de 2013

En lo más alto del destino

Cogiendo manta y café se fueron lejos, tan lejos que se olvidaron del mundo entre las cuevas y los templos donde se alojaron durante más de dos meses. Fueron días llenos de amistad, lugares mágicos, leyendas misteriosas y olores especiales que juraron guardar en un rinconcito de su corazón para poder transportarse hasta allí siempre que quisieran. Llevaban cerca de una semana en un antiguo y majestuoso retiro espiritual a las afueras de la gran ciudad, entre dos grandes montañas de nombres impronunciables para alguien que no tuviera los ojos rasgados.
Una mañana, Satnam, un sonriente monje indio las condujo hasta un bellísimo patio lleno de azaleas, hierba buena y jazmines donde les esperaba un botella descorchada y dos copas de cristal estratégicamente bien puestas. “Este brebaje huele mejor que Love de Chloé” dijo Maria media hora después rociándose el cuello con el licor rosáceo a modo de perfume mientras le contagiaba las carcajadas a Sonia. Satnam llegó hasta ellas para contarles la receta milenaria que acababan de beberse y llevarlas hacia las clases de yoga que impartía su nuevo discípulo, apremiándolas para que se descalzaran y relajasen antes de la sesión. Maria se sentó de espaldas a la puerta pero pudo oír como el nuevo monje se descalzaba y dejaba en el aire un suave “Namasté”. Se le tensaron todos y cada uno de los músculos del cuerpo al percibir aquella voz; Sintió la incertidumbre en el alma, la pesadez de un amor no olvidado en el corazón y el aliento de su alma gemela en la nuca. Miró a Sonia con los ojos demasiado abiertos por el asombro y aferrándose a un pequeño rayo de esperanza se levantó para comprobar que definitivamente sus sentidos empezaban a fallar. Pero no fue así, en cuanto vio la inmaculada sonrisa de él que poco a poco se desvanecía a causa de la sorpresa, sus pensamientos se convirtieron en una especie de metralleta imparable: “¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué le pasaba esto a ella? ¿De veras era Marcos? ¿Se había despedido del trabajo, gastado un dineral impensable y recorrido miles de kilómetros para olvidarse de él y lo tenía enfrente?”. Sonia decidió tomar las riendas de la situación y dejarlos a solas sin entender demasiado bien que acababa de pasar. Se fue con un único objetivo en mente: conseguir una botella de ese delicioso licor rosa para meterla en la maleta antes de partir. 
Maria estudió a conciencia las marcadas ojeras del joven discípulo, su mirada, esa que tan bien conocía ahora estaba completamente vacía. Acompañada de los abultados huesos que sobresalían de debajo de la túnica blanca la alarmaron, pensando que quizás él no estuviera mejor que ella. Y de repente apareció una pequeña pero esperanzadora luciérnaga en medio de ese oscuro bosque. Se acordó del final de la leyenda que le susurraba su madre las noches de tempestad: “El mar volverá a apaciguarse después de una inoportuna tormenta, solo tienes que creen en el azar y el tiempo, pequeña”. Maria pensó durante muchos años que su suerte debió abandonarla como un día hizo su madre, pero ahora creía haber dado con ella de nuevo, o si más no, creía haber encontrado su propio mar en calma llamado Marcos. Y con una sonrisa de oreja a oreja dijo a modo de saludo: "Alea iacta est".

Fuente: www.weheartit.com


domingo, 17 de noviembre de 2013

El pincel de Annie

Al echar la llave de la antigua puerta del museo volví a sentirme a salvo entre dos óleos renacentistas y la pared. Fui hasta el tablón principal donde se escondían todos los interruptores del edificio y di por finalizada la jornada de todos ellos, a excepción del 23, el cual subí al máximo de intensidad. Me dirigí hacía la única sala iluminada del museo, como hacía cada atardecer desde que una desconocida Annie Twins decidió exponer sus dulces y misteriosas pinceladas. Nunca, en las cuatro décadas de interno en museos había visto un espectáculo como el de Twins; Pintaba magia casi rozando el abracadabra en cada cuadro. Y lo que más embriagado me tenía eran los títulos que daban vida a sus trabajos. Hacía más de cuarenta minutos que, recostado en una silla, contemplaba un pequeño cuadro llamado “My wings”. Fue el último en llegar, hacía tan sólo dos días, y extrañado me preguntaba porque no se expuso al mismo tiempo que los demás. En todas sus pinturas predominaba el color blanco y magenta, pero este…Este debería contener toda la paleta de colores, pero sin un ápice de alegría, tan si quiera de entusiasmo. Me levanté a regañadientes y fui hasta la improvisada cocina que años atrás construí, para prepararme un humeante café moca, mi perdición. Con la taza entre los dedos y el bigote empapado de mi único pero delicioso vicio, volví a contemplar lo último de Annie. Me acerqué hasta la pintura, deseando entender los pensamientos de Twins entre esos trazos, y rozando la yema de los dedos contra el lienzo cerré los ojos. Quería agudizar mis sentidos y mi empatía con ella; Quería saber porque transmitía pesar este precioso cuadro; Quería descubrir el significado de “My wings”. Pero una estridente bocina proveniente de la carretera rompió mi burbuja de concentración y me asustó, sin darme cuenta de que un pequeño clavo sobresalía de la esquina derecha del óleo y acabé rasgándome el uniforme con él. Maldije por la falta de concentración de mis empleados. Decidí acabar con el café e ir en busca de la caja de herramientas mientras me relamía el bigote con sabor a chocolate. Con el martillo en la mano descolgué el cuadro recostándolo en el suelo sobre una tela de ante gris y clavé el prominente clavo a conciencia. Examiné todos y cada uno de ellos con sumo cuidado hasta que sorprendido leí una frase oculta en el mismo marco: “Que bonito debe de ser alimentarse de libertad, de esa que te acerca hasta el borde del precipicio y te da alas para volar. Te echo de menos, C”. Después de releer la frase y estudiar el cuadro hasta el alba, sentí que el dolor de Annie calaba hondo en mí. Por eso no me extrañé, años después de jubilarme, al verla en la portada de un periódico anunciando la apertura de su nueva escuela de arte. Sorbí alegremente mi café moca, mojándome a propósito el bigote encantado y guiñándole un ojo a mi artista preferida que me sonreía desde el famoso diario.

Fuente: weheartit.com

lunes, 21 de octubre de 2013

Mi ingrediente secreto

Podía sentir hasta El Señor Cucú, un antiguo reloj del siglo pasado que descansaba en la planta baja de la casa. Dado el silencio que nos envolvía me acabé fijando en la cicatriz que mi padre tenía en el antebrazo. Sabía que no debía mirarla pero ahí estaban mis pequeños ojos dorados observando sin descanso la enigmática cicatriz. De pronto el tenedor de papá tocó el suelo y sobresaltada le sostuve la mirada. Demasiados segundos tocó Cucú y aún sabiendo que habrían consecuencias, comprendí por primera vez que no debería temer nunca a nada ni nadie. Mamá me observó con sus dulces ojos y tras un suspiro desapareció en busca de pastel de calabaza, mi preferido. Esperando la regañina de mi padre no me percaté de un estridente silbido que provenía de la cocina, y aunque no quería perder el hilo de las desafiantes miradas tuve que ceder ante un grito. Fue tal el alboroto que se formó en casa a partir de esa noche que nunca se produjo mi castigo. Y mira que lo esperé. Deseaba con ansias que viniese mamá a la puerta de mi dormitorio y me regañase en voz alta mientas me envolvía de besos y caricias en silencio. Pero no volvió y cada noche, al cenar bajo la luz de una raída lámpara, escrutaba la famosa cicatriz con odio.
Pasaron los años y con ellos se fueron papá y mi niñez, dejando al Señor Cucú marcando mis horas y segundos hasta que lo trasladé a una pequeña casa de Moaña con preciosas vistas al mar y allí nos quedamos los dos. Mamá siempre hablaba en sueños de ese pueblecito, de sus playas y de cómo su bisabuela se enamoró de un maoñés en los molinos del Rio de la Freixa tiempo atrás. Por ese motivo, decidida a cavilar por mi propia historia, preparé una deliciosa tarta de calabaza y la llevé conmigo hasta el nacimiento del rio. Allí me estiré cerca del agua e imaginé la historia de mis antepasados sin percatarme que un curioso y hambriento Golden retriever se comía una parte de mi pastel. Al verlo con trocitos de calabaza por el hocico sonreí pero se me heló la mueca al observar a un muchacho pelirrojo correr hacía mi. Se acercó disculpándose atropelladamente mientras ataba a Lía, que así llamó a su mascota, y volviendo a reír lo invité a una pequeña porción para que la perrita se relajara al fin. También para que él se sosegara. Bueno, quizás lo hacía por mi y mis ganas de verlo de cerca. “Te puedo preguntar ¿Qué haces comiendo este delicioso pastel entre el rio y el molino?” preguntó el dueño de Lía tan curioso como ella. “No preguntes porque te acabaré confesando que busco la sonrisa de mamá entre estas aguas. Y si me achuchas un poco más el corazón te diré que pienso en ella veinte horas al día, ya que las cuatro restantes la sueño.” le dije con una sonrisa en los labios. Era tan fácil hablar con ese extraño que seguimos charlando sin descanso hasta que horas después el sol empezó a perder intensidad. Cuando bajé todo el tramo del rio junto a él y Lía, supe que volvería a revivir la feliz historia de mi tatarabuela. Con la ayuda de mamá, el Señor Cucú y kilos de mi hortaliza favorita tenía todos los ingredientes perfectos para hornear mi propio “Y fueron feliz y comieron... ¡Pastel de calabaza!”.

Fuente: weheartit.com


domingo, 29 de septiembre de 2013

Y habló en silencio

Su beso, por muy tímido e inofensivo que pareciera, en un susurro me contó lo que sentía desde hacía tiempo. “Que te hagan, que te prometan, que te digan, que te imploren… La verdad es que a mí me basta con que me beses. Sin miedo, con fuerza, sin duda y con pasión. Sentir todo, todito tu amor sobre mis labios me sabe deliciosamente feliz. Desde hace años mis penas menguan entre los lunares de tu espalda; el segundo lunar las encuentra y sin prisa, el tercero las ahuyenta. En cambio las alegrías se acomodan entre tu risa y la mía con unas ganas irrefrenables de no partir jamás. Ellas me miran con complicidad cada vez que sumamos una hasta que me retan. Me desafían a querer más y más, y por una extraña razón sucumbimos a esa felicidad sin temores. Los temores vendrán más tarde, eso seguro, pero mientras no se borren tus poderosas pecas seguiré a salvo y feliz. Y es aquí donde te propongo una cosa ilógica, demasiado absurda para que llegues tan si quiera a procesarla como se merece pero es sumamente necesaria. No me digas que aceptas a esta locura, todavía no. No antes sin saberla. Imagínate que el mejor chocolate suizo se esconde tras un marchito limón enmohecido. Seguramente dos tercios de la gente ni tocaría el limón por miedo a ensuciarse sus impolutas manos, pero ¿Y tú? Estoy seguro que tú harías algo completamente distinto para poder llegar hasta él. Qué se yo, hacerle cosquillas a Mr. Lemon y sacarle el cacao convertido en lágrimas de chocolate o llevártelo a una sauna hasta que se derritiera de placer.  Por ese motivo tengo que contarte de algún modo que anoche, cuando te dormiste, mis labios, tus pecas y yo tuvimos una larga conversación, ayudándome a quitar la última piel que había en mi limón. Y debido al caos que has formado en mi yo presente y futuro voy a contarte el propósito, algo inaudito para mi chocorazón: te voy hacer feliz durante muchas vidas más pero hay una nota en letra pequeña. Pone que no dejes de sonreír por más que duelan ciertos días, por más que la cuerda flojee sin motivo, por más que sientas que esto se derrumba, sonríe. ¿Lo harás?” El beso se acabó y con una iluminada sonrisa besé mi pequeño índice hasta ponerlo a la altura de sus ojos. Él me imitó con la alegría instalada en la cara y acercando nuestros dedos sellamos ese loco propósito.

Fuente: weheartit.com