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Infinity hope
jueves, 9 de mayo de 2013
El poder del amor
“…pero le
recomendamos que permanezca con el cinturón abrochado durante el trayecto.
Muchas gracias por su atención y feliz vuelo” nos dijo una voz apática a través
de los altavoces. Empezamos a despegar poco a poco, me puse los auriculares y dejé embriagarme por la voz melosa de Céline
Dion en The colour of my love que me
había regalado Thom en nuestra primera cita. Aún conservaba mi escacharrado
discman y la verdad es que la gente cuchicheaba de vez en cuando al verlo pero
yo, fiel a mi no-evolución-tecnológica, hacía
oídos sordos. “A pesar de que puede haber
ocasiones que parezca que estoy muy lejos, nunca pregunto dónde estoy porque yo
siempre estoy a tu lado” cantaba Dion transportándome a la primera vez que
escuché esa frase años atrás. Conocí a Thom en la puerta de una tienda de
segunda mano donde vendían libros top-secret,
electrodomésticos pochos, vajillas amarillentas, discos estrafalarios y un
sinfín de trastos más. Iba buscando un libro para mis clases de psicología
social y me topé con un individuo inusual que llevaba una camisa de cuadros
verdes y naranjas, unos vaqueros tobilleros donde asomaban unos deformados
calcetines “Niiiiiiiiiike” acompañado de unas bambas indescriptibles. Me entró
un ataque de risa, incontrolable, de esos que te brotan las carcajadas desde el
pecho, con lágrimas y espasmos desenfrenados. Me tuve que apoyar en un árbol y
abanicarme con una revista para serenarme. “Oh my God” dijo el extravagante
inglés poniendo los ojos en blanco. Se me salieron los ojos de las órbitas al
oír semejante entonación y monté en cólera diciéndole todos los tacos y
palabrotas que supe en su idioma, y la verdad es que me sorprendió porque no
fueron pocos. El inglesito se quedó del mismo estampado de su camisa y después
de dejarlo sin habla fui pavoneándome hasta la tienda. En la enorme sección de
librería busqué el libro sin demasiada suerte y al ir a preguntar al
dependiente me encontré con el chico extranjero vendiendo “mi” libro. “¡No! Te
lo compro. You book…I buy…” balbuceé sorprendida por la reacción del chico
porque me miró soltando una ráfaga de sonoras risotadas y le entregó el libro
al dependiente, sin apartar la vista de mí y mi cara de pasmo. Vale, está bien,
había juzgado al chico sin razón, seguro que sabría español, haría mejor la
tortilla de patatas que mi abuela, yo era una persona malvada y me saldría la
colita como a Lucifer. Me resigné muerta de vergüenza y salí apresuradamente de
la tienda sin levantar la cabeza un buen trecho. “Darling!!” escuché al
llegar al semáforo y al girarme me encontré con el inglés tendiéndome un cd con
un post-it en la carátula “Por si quieres el libro, baby” y su número de
teléfono. Se giró, se acomodó la mochila y se subió a propósito los pantalones
para que asomaran, aún más, los calcetines. Y sin poder evitarlo me conquistó
en unas décimas de segundos: él, su carisma, Céline Dion y nuestra afición por
la psicología. Por ese motivo hoy estoy en un avión a miles de kilómetros de
casa para hacer la fiesta de pedida de mano en casa de Thom. “The power of love” cantaba Céline.
jueves, 2 de mayo de 2013
Alboroto en las alturas
Ronquido. Silencio. Ronquido. “¡¡SHHHT!!”. Mis pobres
ojos me obedecieron a regañadientes para entreabrirse, mis oídos estaban
completamente sensibles a cualquier ruido y mi serenidad me había abandonado
hacia horas. Me resigné a dicho escándalo, salí de la cama, no sin antes
despotricar contra los tatarabuelos de los tatarabuelos de mi chico, y me
planté en el balcón. Era una madrugada demasiado calurosa en la que Chamartín
dormía al compás del motor de los taxis y el murmullo de la gente por las
aceras. Y por supuesto, de los ronquidos de Andrés. Di un fuerte portazo para
aislarme de ese insoportable ruido y… Ronquido. Silencio. Ronquido. Gruñí
antes, durante y después de un cigarro, con la esperanza de tranquilizarme pero
me quedé hipnótica observando las mil luces de la ciudad. Se proyectaban sobre
mis retinas destellos verdes, azules, rosas, amarillos, Ramones, digo marrones.
Veía pasar a un grupo de chicas jovencísimas con cuatro depredadores a pocos
metros de ellas, a parejas enamoradas con cientos de recuerdos a sus espaldas,
de todas las edades, de todos los estilos, con los cabellos pelirrojos, barbas
larguísimas, piercings y tattoos por doquier, chicas delgada,
chicos de pies enormes, con corbata y piel cobriza, con mocasines y ojos
Ramones. ¡¡Saltones!! A esos ojos los acompañaba una boca felina bordeada de
unos atractivos hoyuelos, un cuello musculoso seguido de unos pectorales igual
de turgentes hasta llegar a la cintura donde se ocultaba una marca en forma de
“R”. Inconscientemente toqué mi abdomen justo donde tenía a su gemelo “R” y se
me erizó el vello de la nuca. Se despertó un mundo dormido, adormilado a la
fuerza, pero al fin y al cabo estaba condenado a dormir para siempre. Había
pasado mucho tiempo desde aquellas caricias, desde aquellos susurros a media
voz en los que el mundo era de algodón y tenía una robusta mano a dos
milímetros de la mía. Demasiado tiempo desde que mi sonrisa fue verdadera, mis
lágrimas de felicidad y mi espíritu vestía de rojo pasión. Sonreí con desgana
ante los dolorosos recuerdos, pero me inundó una severa tristeza al ver que
entrelazaba la mano con una hermosa chica. Esa mano me llevó hasta el filo del
acantilado, al límite de lo inimaginable, a mi éxtasis absoluto, a comerme el
mund… (Ronquido). Miré por última vez a Ramón perdido entre tanta gente, a
lo lejos entre las callejuelas y exhalé un suspiro cerrando el portón, decidida
a almacenar ese capítulo de por vida y hacer algo con los alaridos de Andrés. Sería
una noche larga, demasiado larga y agitada para estar despierta sin una buena
dosis de café y kilos de golosinas.
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jueves, 25 de abril de 2013
Nuestra máquina del tiempo
Había puesto un pie en el
desván. No había marcha atrás, era demasiado tarde para lamentarse. Tendría que
limpiarlo durante largas y polvorosas horas abrazada a una bayeta sucia y
respirar ácaros, mis grandes enemigos desde la infancia. “¡Allá vamos!” grité
sin ningún tipo de ímpetu cogiendo una silla y echando un vistazo al panorama.
“Roto No muy estropeado”, “Cosas
de Rubén Susana”, “¿Cables?” eran algunos de los títulos que rezaban las repletas y
antiguas cajas que me esperaban impacientes. Después de más de tres horas
revisando vajillas que nunca usaré, escuchando discos ochenteros, probándome
tops (Me equivoqué pensando que eran míos y resultaron ser de la Barbie. ¡¡DE LA
BARBIE!!) llegué a una caja que su presencia era inexistente para mí. “Máquina del tiempo”
decía con letras grandes e inimitables, y estaba repleta de cuadernos de todos
los colores y tamaños. Me miraban con una sonrisa burlona y unos ojitos
acaramelados con los que no puede resistirme y abrí un cuaderno al azar.
“19 de Septiembre del 87,
Después de esos días grises fui
capaz de ver el sol, pude sentir la mezcla de azahar, jazmín y menta que trae
el verano, aunque esté a punto de llegar a su fin. Sentí una extraña sensación que
se adueñaba de mi ser, mi cordura y mi sentido. Nunca había tenido ese
cosquilleo en el esqueleto, nunca antes fui dependiente de unos labios, jamás
me hipnotizó ese olor tan peculiar suyo, un perfume único creado en el paraíso,
nunca había visto un rostro que desprendiera tanta hermosura y a la vez
complicidad conmigo. Ahora hasta los días más crueles de invierno tenían un
sol, un inmenso jardín rodeado de rosas, tulipanes y lirios. Es como un espacio
libre de humos, sin tapujos. Y hay dos cosas claras en este momento: la primera
es que el viento por fin ha traído su perfecta esencia hasta mí y la segunda
cosa es obvia. Aprovecharé esta deliciosa esencia hasta el fin de mis días,
hasta que sea demasiado tarde para comprender que estoy en un sueño. Porque al
fin y al cabo, es bonito descubrir placeres como este: saber que hay un corazón
latiendo por ti y el tuyo late correspondido…”
Recibir esta inyección
amorosa después de tantos años de matrimonio fue rejuvenecedor. Rubén había
escrito diarios durante nuestros tres primeros años de noviazgo para conservar
intacto nuestro amor, y yo no lo supe hasta este momento. En ese instante
dejaron de importar los problemas y me encaminé hacía las escaleras para
achuchar a mi adorable marido durante los próximos treinta años, al menos.
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jueves, 18 de abril de 2013
Terapias naturales
Una
densa mañana de octubre la abarrotada vía hizo que me desviara hacía una
carretera de arena, sin asfaltar. El verde que bordeaba el camino me resultaba
extrañamente familiar, un prado kilométrico lleno de amapolas y girasoles, con
unos cuantos tractores desgastados por el sol. Lo más usual de ese paisaje lo
vislumbré a lo lejos, cerca de una caseta de color crema y marrón, rodeado por
una verja antigua de madera y alambre oxidado. Frené de repente proyectando una
muchedumbre de polvo a las cabras y al cuidador que pasaban por mi lado. Me
disculpé con el cabrero y le sonsaqué información sobre los propietarios de ese
terreno tan conocido para mi. “Hoy no vendrán, si usted quiere pasear por allí
yo miraré concienzudamente a mis entrañables amigas” me dijo el jovial anciano
con una arrugada sonrisa. Metí primera acercándome hasta la valla, la misma que
construí con mis manos una noche de agosto, salí del coche y sin pensármelo dos
veces me senté a los pies de mi antiguo compañero, como antaño. Cerré los ojos
y… “Disfrútala hasta llegar al corazón, y cuando llegues a él, sonríe” me decía
mi abuela cada vez que me veía decidida a devorar todos los suculentos frutos
del gigantesco manzano. Alargaba la mano hasta dar con la mejor manzana, la
acariciaba con su inconfundible delantal rojo y me la regalaba con una sonrisa
dulce, tan dulce como la fruta que me llevaba a los labios. La verdad es que seguí
su mágico consejo con todas las manzanas de mi vida: los estudios de
hostelería, los placeres del día a día, los noviazgos, las amigas, los viajes,
las inquietudes, con mis pequeñines… Gozaba de esas cosas hasta el corazón,
hasta exprimir la última gota y cuando veía que el final se acercaba, sonreía. Hasta
no hace mucho era así, pero de repente “mis manzanas” estaban llenas de
gusanos, podridas, rancias, picadas o pasadas. Y pensando cual sería la mejor
forma para acabar con esas lombrices caí en un afable sueño donde aparecían
manzanas de todos los colores, hermosos prados y yo todavía no llegaba a mi
primera década de vida. Pero después de un grave balido todo se quedó en una
ilusión pasada y mirando de izquierda a derecha observando que no hubiese
nadie, abrí el maletero y cogí todas las manzanas que pude. Me ponía de
puntillas, atrapaba la primera manzana que veía y la hacía volar directa hasta
el coche. Cuando tuve más que suficientes como para no pisar la frutería en 10
años, me senté al volante radiante de felicidad y puse rumbo a casa. En mi
cabeza solo resonaba la voz de mi queridísima abuela diciendo “Sonríe”. Y así
lo hice sin pestañear.
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